Una historia de familia: Prólogo

La historia estudia y expone, de acuerdo con determinados principios y métodos, los acontecimientos y hechos del tiempo pasado y constituyen el desarrollo de la humanidad desde sus orígenes, hasta el momento presente. El conocimiento histórico es acumulativo. Lo estudiado por un historiador sirve de fuente a historiadores futuros. Los escritos del pasado, al hablar sobre acontecimientos vividos en esa cultura, son parte de nuestra memoria. La consideramos como el conjunto de acontecimientos y hechos vividos por una persona, por un grupo o por los miembros de una comunidad. Existe, a través de los registros escritos, ese recuerdo colectivo vivido por millones de personas describiendo el mundo. Bien sea de sucesos reales o resultado de investigaciones. Ambas transcritas, mediante su propia interpretación, de la mente de los historiadores a los libros de historia.

El hombre ha llegado a preguntarse y a saber de sí mismo, mediante la conciencia pensante, en una tradición histórica ininterrumpida. La historia registrada es de tan solo seis mil años. Periodo muy breve comparado con los 200,000 años definidos por la ciencia como el tiempo transcurrido de la existencia humana. Del hombre conocido como Homo Sapiens. Además, proviene de la evolución de millones de años de otros homínidos habitantes previos de nuestro planeta. 

Los historiadores no fueron testigos en su mayoría de los acontecimientos pasados. Tienen obligación de recurrir a fuentes a partir de las cuales los reconstruyen con la mayor fidelidad posible y ese es su gran legado. Su luz para vislumbrar nuestro pasado como humanidad.

Por otra parte, la ciencia ha probado como las historias de nuestros ancestros queda grabada en nuestro ADN. De acuerdo a esas teorías, contamos con información genética vivida por nuestros antepasados, incluye un registro trasmitido de padres y madres a sus hijos por medio de nuestros genes. El reto es penetrar esos archivos personales y decodificarlos. Conectar con ese pasado y vivir esos recuerdos como parte de mi verdadera historia. Es el legado de vida dejado por mis padres, abuelos. Hasta mis más lejanos orígenes.

Hay miles de millones de personas relacionadas al legarme su ADN. He conectado los recuerdos de algunos y así, dado sentido a mi historia. Definir una línea de tiempo precisa es imposible, la gran mayoría de los registros contenidos en mi memoria genética, no datan con precisión el momento cuando el recuerdo se registra. No pretendo comprobar al lector una historia basada en el tiempo. Mi búsqueda es personal y sólo a mí me ofrece la experiencia para comprender mi pasado. En teoría, mientras más lejano es el registro, me da mayores posibilidades de encontrar algún recuerdo vivido por miles, quizás millones de personas ligadas a mi caja de experiencias familiares. Pretendo invitar a cualquier curioso a buscar en su biblioteca genética, en la cual, gracias a nuestro ADN, la humanidad entera podemos conectar, todos formamos una gran familia.

Para contextualizar mi pasado, y conectar con la historia descrita en los registros de nuestra civilización, decidí tomar como marco de referencia, para iniciar la narración, el escrito más leído por la humanidad: La Biblia, la Torá Hebrea. Aprovecho estudios científicos como la teoría del Big Bang para dar cuerpo a la lectura y romper algunos paradigmas impuestos en nuestra sociedad.

En capítulos subsecuentes se van entretejiendo algunos mitos religiosos. Registros escritos o trasmitidos por otras culturas en tradición oral, algunos de los cuales forman parte de la historia universal. Todos ellos, sumados a los recuerdos encontrados en mi biblioteca cósmica, dan forma al texto para descubrir nuestra historia a través de los siglos transcurridos.

Encontrar los registros de mis familiares cercanos es relativamente fácil: 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, si seguimos sumando serían 16 tatarabuelos, 32 choznos, cada uno tiene una madre y un padre. Todos ellos vivieron y se relacionaron con otros personajes legándome sus recuerdos, su sentir, sus emociones. Esas vivencias hoy nos dan luz para aclarar algunos sucesos velados de la vida de nuestros antepasados. Contamos con algunas leyendas distorsionadas, pasadas de boca en boca hasta nuestros días. 

Al acceder a los archivos de recuerdos de mi abuelo paterno, Ángel Orozco, nacido en 1883. Me llegan recuerdos de su nacimiento y vida en Zapopan. Era ranchero, hijo de un hacendado muy rico y vivieron parte del siglo XIX y XX en la zona de Jalisco. Recuerdo una conversación cordial entre Manuel Ávila Camacho, en ese entonces presidente de México. Casado con una sobrina de mi abuelo, quien le quería expropiar su Rancho San Antonio. Haciéndole creer, recibiría trato justo, si accedía a firmar un acuerdo. Mi abuelo no quería vender, mucho menos ser expropiado. Los argumentos de don Manuel eran muy convincentes: El mundo estaba en guerra, le decía el presidente, la actual escuela de aviación de las juntas no es el mejor lugar para entrenar a nuestros pilotos, esta el mundo luchando y tu rancho cuenta con la mejor ubicación para establecer un campo de aviación estratégico. La historia no concluyó siendo justa en nuestro recuerdo familiar.

He buscado cuatro siglos atrás del nacimiento de mi padre y encontré en mi línea directa, la relación con mi primer antepasado llegado a México, proveniente del recién surgido Imperio Español. Así como conecté con mi abuelo, pude conectar con Jerónimo de Orozco. Nacido en Sevilla, en la provincia de Andalucía, en 1520. Desde su nacimiento, hasta el de mi padre en 1919, pasaron 13 generaciones en 398 años, lo cual implica un número de registros de 16,382 ancestros con los cuales puedo conectar.

En mi caso cuento con el registro documentado en mi árbol genealógico hasta Lope Velásquez de Vizcaya Blanco, nacido aproximadamente en el año 950 y de su esposa Usenda Ramírez Godínez. De Jerónimo a Lope han transcurrido otras 18 generaciones en 570 años. Si las sumo a las 13 de los primeros cuatro siglos, da como resultado un total de 31 generaciones en 1000 años transcurridos desde el nacimiento de Lope hasta mi padre. Si mi cálculo no falla, representa tan sólo en éste primer milenio, conexiones genéticas con casi 4,300 millones de personas relacionadas conmigo, de las cuales puedo encontrar ese registro dejado en mi ADN.

Al sumar la generación 32, se van a agregar 8,600 millones a los 4,300 millones ya sumados. Puedo entonces asegurar la posibilidad de conectar con antepasados relacionados a personajes importantes de esa generación, como Carlomagno en Europa, e incluso será aún más fácil encontrar la forma de escuchar conversaciones entre mis ancestros e importantes líderes de su época en el siglo VI, como Mahoma en el cercano oriente. Conforme pasen los siglos la posibilidad aumenta para encontrar los registros de familiares cercanos a Ambrosio de Milán (siglo III), Saulo de Tarso, Jesús de Nazaret (ambos siglo I), Buda (siglo IV o V antes de la era común). Hasta llegar al principio de los tiempos, donde da inicio la historia de este libro. 

Invito al lector a indagar en sus propios registros y así encontrar su propia historia. Estoy seguro coincidiremos en algún momento en nuestro pasado familiar.

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