Antes del Universo

En el principio creó Dios los Cielos y la Tierra.

El tiempo y el espacio son palabras para definir la vida. Tendremos una mejor idea si la relacionamos con esa sucesión de instantes ligada con la eternidad; como toda la materia está ligada al infinito, imaginemos por un momento ese instante previo a la creación. El tiempo aún no ha emergido del misterioso regazo de la Naturaleza, no podemos saber el momento de los siglos donde nos encontramos. El reloj aún no ha comenzado a moverse. Ese ser infinito nos comparte, desde su mente, los sucesos por comenzar en ese espacio solitario.

El Que Es disfruta su visión, todo es bueno. Quiere continuar su obra participando de ella. Decide crear un ser a su imagen y semejanza, lo ve claro: Es él mismo gozando el universo entero. Puede vivir y gozar del mundo material por medio del hombre-mujer y conservar su esencia espiritual; Para hacerlo, el mundo material deberá ser perfecto, lo concibe en su mente, y en la escritura es ese lugar llamado Edén, donde todos los seres nos encontramos antes del principio de los tiempos. Somos espirituales y El Que Es nos comparte su visión del mundo material, nos permite vivir ese instante cuando nos concibe como especie. Somos hombre-mujer perfectos en nuestra esencia espiritual-corporal, emana una luz de nuestros cuerpos. Tomamos nuestra energía del sol, de la tierra, del aire y del agua. Podemos disfrutar de alimentos vegetales. La vida material no ha comenzado. De la mente del creador emana su pulso, me comparte todo tipo de sentimientos y sensaciones. Conocimiento lleno de experiencias. Percibo los nombres y características de todo lo creado. Me es permitido degustar esos sabores únicos de vegetales y frutas. Puedo oler, saborear, ver, escuchar, sentir, los demás seres no me perciben a mí. Soy espiritual y me es permitido gozar ese mundo por surgir. 

Comienzo a caminar por el jardín instalado en el oriente de este lugar. No sé a cuál de mis sentidos dar más atención. La sensación de olfatear esos aromas, provenientes de miles de flores y hierbas de más de 3 metros de alto, las cuales hierven entre vapores de azufre. Es algo perceptible y sólo ligado a mi olfato lo puedo describir. Mis ojos me permiten ver las sombras asfixiantes de los manglares, donde la tierra y el agua no se han separado. La tierra se torna en planta y el tronco en ave, la rama en simio, la raíz en serpiente. Todo me sorprende. Incluso por medio del tacto puedo sentir mis pies flotando al pisar esa tierra tan suave. La sensación es de placer, de goce. Las llamadas duras, metálicas de las aves, el grito del mono, es el escenario de la vida y lo percibo por medio de mi oído. ¡Todos mis sentidos me sorprenden! 

No existe el miedo. El elefante, la gacela, el león, la cebra viven en paz, cada uno en su sitio, incluso nosotros somos parte del equilibrio de la vida y se respira armonía. Siento una presencia interior; Me hace gozar. Quiero seguir, cada paso me hace querer dar otro, no siento cansancio, pesa un silencio fantástico. De cuando en cuando se escucha el viento, mil crujidos, rechinamientos y ruidos diversos del jardín. 

Quedo deslumbrado al ver todos esos colores de plantas y árboles pintados de un verde intenso. Salpicado de rojos, morados, amarillos, naranjas. Al inhalar el aire penetra en cada célula de mi cuerpo trasmitiéndoles ese oxigeno necesario para mantenerlas sanas. El azul intenso del sol se ha convertido en un rojo resplandeciente. Poco a poco se va apagando, variando sus colores y tonos hasta dar paso, después de un morado intenso, al negro de la noche. Las aves dejaron de cantar para dar entrada a la orquesta de la obscuridad. Se escuchan ranas, grillos y tantos otros animales e insectos. Todos ellos me acompañan en mi caminar. Ahora es la luna saliendo del horizonte, el cielo negro está lleno de estrellas. Al caminar percibo una luz emanando de mi cuerpo, me cobija, me protege y al mismo tiempo ilumina mi camino.

Se perturba mi mente al ver a lo lejos un brillo de luz muy intenso, mi cuerpo se estremece. Esa sensación no la había tenido, El Que Es está gozando de su creación a través de mí y trata de detener mis pasos. Está conmigo, lo percibo. No puedo obedecer, no puedo parar, una extraña fuerza me impulsa a seguir. No tengo forma de describirlo, le llamaré: árbol de vida o árbol perturbador, aunque no sé si es un árbol, me hace perder el control de mis acciones. Siento una rara fuerza. Estoy por salir de la mente de mi creador, quiero tener mi vida propia. No solo mi vista: mi olfato, el gusto, el tacto, todos mis sentidos me traicionan. No debo acercarme ni tocar ni probar ese fruto multicolor. ¡No quiero!, ¡No sé como detenerme!, no me puedo controlar, lo quiero oler, saborear, hacerlo parte de mí. Tomé el fruto y lo comí. Nada parecido me había sucedido. Mi cuerpo y espíritu vibraron con gran fuerza al degustar ese sabor dulce, amargo, resaltado por un toque de sal.  Descubrí también el miedo, la euforia, la alegría, la tristeza. Quería comer más. Mi cuerpo físico voló, recorrí de nuevo el jardín. Una luz más brillante me iluminaba, me sentí volar, gozaba la gran intensidad de olores, sabores, colores. 

Pasados unos instantes, no sé si fueron segundos, minutos, horas o días. Dejé de volar, poco a poco aquel brillo se fue apagando, sentí como si me fuesen quitadas vestiduras. Un frío intenso me invadió, sentía miedo, vergüenza. Mi primer impulso fue esconderme. Cuando la razón volvió, sentí de nuevo la presencia de ese ser en mí y entendí su visión. Es menester caer en la tentación, aprender de la imperfección; sufrir, gozar. Dominarme para ser perfecto por elección. Amarme, amar a mi prójimo, ser co-creador del mundo por venir.

Escucho a la pareja a lo lejos, me acerco de forma sigilosa para no asustarlos, trato de hablarles y no me ven, ni escuchan.  Veo pasar una serpiente frente a mí y decido entrar en ella, tomar posesión de sus acciones. Al sentir mi presencia trató de escapar, la seguí un largo trecho hasta verla parar muy cerca de ellos, aproveché su distracción y me metí en su cuerpo. 

Comencé a arrastrarme poco a poco, no quería asustarlos. Esperé el momento oportuno. Cuando él estaba distraído me acerqué y le hablé a ella sin saber si me podría escuchar. Sorprendida y curiosa por mi hablar se acercó y me sonrió. Les empecé a narrar mi experiencia, traté de ser muy gráfico. Les conté de cada paso de mi andar por el jardín. Ella tomó la palabra y me pidió los guiase. Mi narrativa la cautivó. 

Me arrastraba. Los fui llevando por distintos senderos resaltando la belleza de cada uno. Embelesados, sin darnos cuenta, encontramos el árbol. Antes de comprender el lugar donde estábamos los hice tropezar y al caer lo tocaron. Su cabeza se llenó de las mismas dudas perturbadoras. Después de algún tiempo de discutir con él, ella decidió arrancar el fruto y comerlo. En ese momento una gran luz los cubrió y separó. Aunque estaban siempre juntos, no se conocían de frente. Al verla en éxtasis, él le pidió compartir el fruto. Ambos fundieron y entregaron sus cuerpos uno al otro. ¡Nada igual había sucedido!

Sentí cómo salimos de la mente del creador quien dará inicio a un universo de energía convertida en materia. ¡Silencio!, en nuestro mundo suena la primera hora, el Big Bang está iniciando; aun después de ese principio para nosotros, la eternidad permanece inmóvil e impasible. El tiempo corre también para nuestro planeta y para los otros mundos, reemplaza a la eternidad y durante una cantidad determinada de generaciones se contarán los años, los siglos, los milenios. El universo entero está en orden, pasaron millones de años en un instante. 

Adán y Eva, ahora separados, fueron poco a poco perdiendo su luz, su calor, comenzando a percibir el frío, se sintieron vacíos, desnudos, corrieron a esconderse. Yo me salí de la serpiente y los seguí, ya no me podrían percibir.

Comenzaron a discutir, se culpaban. Ella le decía: No me fue posible obedecer, al tocar el árbol quedé perturbada. Una fuerza incontrolable me obligó a comer el fruto, todos mis sentidos me obligaron. Mujer, le decía él, digámosle como la serpiente te engañó, te confundió. No somos culpables, yo sentí cuando ella nos empujó.

De pronto se escucharon pasos. Una voz muy potente gritó, “¡Adán!, ¿donde estás?”. En ese instante sentí fluir en mi corazón el gran amor del padre y entendí: 

Ya no estamos en la mente del creador. Todo transcurrió para dar inicio a la creación, la naturaleza evolucionó para darnos el espacio necesario y dar inicio a nuestra historia, nuestros cuerpos son como orugas. Se estresan, se transforman y en el momento preciso se transfigurarán para ser perfectos, tal como él nos concibió antes del inicio de los tiempos y de la creación del universo material, nacimos y nuestra historia está por comenzar.

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