Noé y sus hijos reciben un mundo nuevo para repoblar y reconstruir. El trabajo arduo se ve premiado con los mejores frutos y se comparten entre todos. Mi familia proviene de Sem. Algunos de sus hijos salieron a habitar otras comarcas, otros se quedaron en estas tierras. El mundo, devastado por la gran inundación, lo fuimos recuperando poco a poco. Algunos trabajaban el campo, otros ayudaron a reconstruir la ciudad de Ur. Su historia narra como cientos de años antes de la inundación, fue fundada en las orillas del mar, con el paso de los años se fue distanciando, quedando ahora a jornada y media de sus playas.
El Tigris les trae el agua. El limo contenido en sus corrientes se esparce dejando sus orillas impregnadas de abono, esa es su gran riqueza. Hacían unidos el trabajo con el cual obtenían las mejores, mas variadas y abundantes cosechas. Al final de la jornada quedaba tiempo para convivir. Algunas anécdotas del diario devenir eran contadas en esas reuniones en las cuales disfrutaban de inolvidables atardeceres, sentían una gran fuerza, decían estar muy cerca de su creador.
Han transcurrido algunos años de prosperidad cuando llegan a la zona algunos hombres del mar. Dicen ser sobrevivientes de los antiguos pobladores de la ciudad. Traen consigo conocimiento, nuevas tecnologías. Organizan a nuestros familiares y a otros pobladores de estas tierras para hacerlas más productivas. A su llegada ya sembraban cebada, cebolla, ajo, garbanzo, mijo, lenteja, trigo, dátiles, nabo, puerro, lechuga, amapola y mostaza. Usaban bueyes para trabajar la tierra y burros como medio de transporte. Además de criar ovejas, cerdos, vacas y cabras. Eran pescadores y cazadores, aprovechando principalmente los cauces de los ríos para esas actividades.
La agricultura requería regar las tierras y ellos contaban con tecnología para hacerlo. En un principio de forma amistosa, nos enseñan a fabricar las herramientas para construir canales de riego, diques, estanques de agua y otras para arar la tierra. Las frecuentes y violentas inundaciones del Tigris y en menor medida del Éufrates, hacían necesarias las labores de reparación y desazolve de canales. Se tomaban medidas obligando a los ciudadanos a trabajar por el bien común, decían.
Eso genera los excedentes necesarios y permite a los jefes vivir de sus rentas al cobrar los tributos de los campesinos. Pagaban mis familiares por el uso de dichas herramientas, para mantener en orden los sistemas de producción y así garantizar nuestro alimento.
No se conforman, quieren más. Nombran a sus más leales, capataces. Juntos se dan a la tarea de convencer a la mayoría de la conveniencia de aportar esos recursos para ellos.
Fueron Los Dioses, nos decían, quienes los colocaron en esa posición y nos contaban: En el origen, el caos reinaba en el mundo. Las aguas dulces y saladas estaban mezcladas y eso no permitía la vida. El Dios de las aguas había ordenado imponerse a las saladas, liberándolas de las dulces. Las primeras crearon monstruos marinos. Eso asustó al Dios de los cielos, quién pidió al terrible Dios de la tormenta, junto a la seductora Diosa de la fertilidad, pusieran orden al caos creado por las aguas saladas. Fueron determinantes al ordenar a los hombres organizarse en ciudades y a cada una le designó un Dios protector y, entre él y sus habitantes, debía actuar un rey elegido para trasmitir los deseos de los Dioses y por tanto los habitantes de dichas ciudades debían acatar las dichas órdenes inmutables.
Toman el control, nos dominan. Se afianzan en el poder, comienzan a escribir para administrar sus bienes, y así logran acumular gran riqueza, eso desequilibra el bienestar de nuestra familia, nos empobrece hasta convertirnos en esclavos. Sometidos además por la incuestionable voluntad de sus Dioses, quienes ordenan la construcción con ladrillos de una torre hasta el cielo de alta, decían. Surgiendo así nuevas ciudades para hacerse famosos y ya no se dispersarán por el mundo.
Algunos de nuestros familiares se unen y aceptan la forma de vida propuesta por esos reyes y lo consideran un reto. De nuevo el sueño de grandeza los motiva. Se creen capaces de construir una torre infinita, deciden atarse a la voluntad de los poderosos gobernantes, quienes los someten haciéndoles creer en la grandeza de esas construcciones insuperables. Serán la envidia de las ciudades vecinas, ¡los amos del mundo!.
Han pasado 300 años y once generaciones, desde el gran diluvio, hasta mi hijo Abram. Las cabezas de todas las familias aún viven cuando mi padre, Najor, recibe una invitación de Sarug su padre: Noé quiere festejar sus 900 años de vida con sus hijos y los mayores de cada familia. La mía proviene de Sem, quién invita a su hijo Arfaxad, padre de Sélaj, éste a su vez invitó a su hijo Heber, invitando a Pelag y él a mi bisabuelo Reu, quien finalmente le insiste a mi abuelo sobre la importancia de asistir y quiere lo acompañemos incluido mi hijo. La invitación es recibida con gran beneplácito pues han pasado ya más de 30 años de la última reunión familiar.
El festejo comienza cuando el sol está en lo alto, estamos todos presentes. A pesar de la avanzada edad de algunos, son pocos los enfermos, entre ellos mi tátara abuelo Pelag, quién sufre de dolencias causadas por un grave accidente ocurrido hace algunos meses. Eso no le resta alegría. Muy animado platica con mi padre quién, a sus 107, es muy joven. Sentimos la presencia del gran patriarca Noé, fornido cómo siempre, emana una gran luz de sus barbas y cabello blancos cómo sus vestiduras de lino. Su cara sonriendo nos llena de paz. Al pasar junto a mí me reconoce y saluda, primero inclinándose a su derecha, para después hacerlo a su izquierda y me dice: Teraj, es un gusto saludarte, ¿quién es ese niño?, me pregunta. El más joven de los presentes, le digo muy emocionado, mi hijo Abram de 8 años. Noé se alegra y me dice, esto si es para celebrarse hijo mío, pues ese niño será grande entre las naciones del mundo.
Insiste el patriarca en no olvidar nuestros orígenes: Algunos se han dejado corromper por el poder del mundo, nos dice, en especial el hijo de mi nieto Kush, hijo de Cam. Él y su familia habitaban tierras cercanas al mar y hace algunos años se hizo pasar como poblador sobreviviente del diluvio. Ha construido un reino de mentiras y una gran multitud le cree, los esclaviza con promesas falsas de poder y riqueza, les hace creer y adorar a esos dioses creados por esos mal llamados hombres del mar.
Ya conocen las consecuencias, El Que Es, decidió llamar la atención a quienes lo retan, los confunde, dejaron de entenderse y pararon de construir esa obra monumental llamada por eso: torre de confusión, de babel.
Nuestro espíritu es joven, predominan valores humanos, conocimiento para alimentar nuestro ego, nos creemos superiores. Nada nos controla, somos libres, decimos. La sociedad nos hace adorar objetos, astros y todo tipo de piedras representando infinidad de Dioses: El de la lluvia, el de la tierra, el del sol, el del dinero. Unos cuantos esclavizan a la mayoría de los pobladores. Es en este entorno donde nace ese hijo mío quien portará la esperada semilla y, El Que Es, le convertirá en padre de todas las familias del mundo. Esa historia es la base de nuestra evolución como especie.
