“Si os manteneis en mi palabra, sereis verdaderamente 

mis dicipulos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Juan 8.

Es un lugar maloliente y obscuro, sucio. Estoy al lado de un hombre condenado a muerte. Como ciudadano de Roma la pena era ser decapitado con la espada. Su nombre Judío era Saulo, pero entre sus amigos lo llamabamos Pablo. Había viajado por todo el imperio, tenía amigos y era bien conocido en todas las orillas del Mediterráneo, nadíe había viajado tanto como él.


Cuéntame tu historia querido amigo, le pido: en resumen, me dice, soy descendiente de Benjamín y además de Judío, soy Romano, nací en Tarso, en la provincia de Cilicia. Fuí criado con fuertes enseñanzas Judías y siempre he defendido mi fé, nuestra libertad como nación y principalmente la libertad de mi espíritu.

En mi juventud creía saber todo acerca de la Torá, mi familia me preparó desde niño, la escuela de Tarso era muy reconocida en esa época. Terminados mis estudios básicos fuí llevado a Jerusalén, donde el más grande Rabino Gamaliel, además de otros grandes maestros en esa ciudad, me terminaron de instruir como Fariseo y para amar a mi pueblo y su palabra santa heredada por El Que Es.

Salí de Jerusalén al terminar mis estudios, unos años después me llegaron noticias de la ciudad. Se vivían momentos difíciles, algunos Judíos proclamaban cercano el final de los tiempos.  Decidí entonces volver, visitar la gran urbe. Al llegar noté un raro resplandor sobre sus murallas. La ciudad era un caos, sentí una fuerza extraña. Al no poder descifrarla, consideré prudente visitar a mi maestro Gamaliel para pedirle me pusiese al corriente. Se veían soldados Romanos por todas partes, el templo estaba lleno de personas con ropas raidas, atraídas por unos hombres humildes. Les hablaban como si fuesen grandes sabios. Al escucharles me hirvió la sangre. Les contaban historias de un mesias. Había muerto crucificado por los romanos y aseguraban había resucitado. Una grave mentira, pensaba yo. A lo lejos  pude entonces ver a mi maestro. Aún molesto por los comentarios de estos ignorantes, me acerqué a él.

Me saludó muy efusivamente, sonrió al ver mi cara enrojecida, para calmarme me dijo: yo también estoy confundido, no entiendo como unos sencillos pescadores conozcan tan profundamente la Torá. Me propuse escucharles, abrí mis oídos y sentí un extraño gozo. Realmente dudo, no me siento capaz de juzgarles. 

Cuando Pablo me estaba explicando esto, su semblante era triste. Siguió platicando: yo consideraba a esos judíos blasfemos, decidí atacarlos y acabarlos. Mi maestro  Gamaliel debía estar equivocado. Decían ser seguidores del mesías, pero su líder estaba muerto. Ese no puede ser el salvador de nuestro pueblo. Los escuché narrar cómo este hombre llamado Jesús había resucitado y, además, decían haberlo visto volar a los cielos. Patrañas, pensaba yo.

En cierta ocasión, estaba presenciando una manifestación. Uno de ellos, llamado Stephanos, atacó verbalmente a todos los dirigentes civiles y espirituales del templo y la ciudad. Eso no podía seguir,  recibiría un castigo ejemplar: se decidió apedrearlo hasta matarlo y aunque yo no lancé piedra alguna, si sostuve la túnica de uno de sus ejecutores.

Recibí instrucciones de los dirigentes Judios para  ir a Damasco, los principales seguidores de ese tal Jesús se reunirían en esa Ciudad y, estaban seguros, yo sería el mejor para detenerlos. Bien escoltado, salí a cumplir mi misión, poco antes de llegar, al ver a lo lejos la ciudad, sentí la necesidad de acelerar el paso, mi caballo comenzó a trotar cuando un viento inusualmente helado me arrancó de mi corcel y me tiró al suelo. Al tratar de levantarme una luz me deslumbró, me llenó de una poderosa energía, incluso dejé de sentir los dolores de la caída. En ese momento sentí miedo, pero la luz era cálida y me fué abrazando, me dió calma, incluso sentí una amorosa caricia rozar mi pecho y fue entonces cuando lo escuché, me habló directo a mi corazón. Ya entonces practicaba la oración e incluso acostumbraba la meditación, pero esa experiencia sobrepasaba con mucho cualquiera otra vivida.  Me hablaba y ordenaba dejar de oponerme a él. Me enseñó cómo esos hombres lo habían conocido, me reveló su nombre, me mostró cómo había muerto en la cruz y vuelto a la vida. Mis perseguidos lo vieron subir al cielo y, habiéndoles preparado, les envió el espíritu de Dios, el cual se manifestó en los corazones de todos sus elegidos. Ahora me había elegido a mí para cumplir una misión trascendental. Pero antes debía disponerme a recibir su espiritu. Requeriria de toda mi fuerza espiritual y física y únicamente aceptandole podría recibir la energía necesaria para cumplir.

Mis acompañantes me llevaron cargado a Damasco. Yo estaba deslumbrado y no quería ver otra luz. Todas mis dudas se aclaraban. Recorrí mi vida entera e incluso pude comprender mi misión, viví las dificultades futuras, padecería hambre, sería golpeado hasta casí morir, encarcelado e incluso conozco y he vivido el sufrimiento de mi muerte. Desde ese instante yo estaba determinado y pensaba: Nada me podrá detener, mi vida estaba dando un vuelco y yo quería entregarme con todas mis fuerzas. 

Me buscó un hombre llamado Ananías. Venía con instrucciones precisas para devolverme la vista, me decía: El Que Es te eligió para cumplir una misión especial y me mandó a tocar tus ojos, acercate un poco. De pronto sentí sus manos sobre mis ojos. Volví a ver la luz pálida de la habitación donde nos encontrabamos y sentí un gran vacío. Comencé a sentir cambios en mi persona, Ananías aclaró cómo él había recibido el espíritu, había muerto y recién comenzaba a vivir.

Fui constituido Predicador, Apóstol y Maestro,  enseñé el camino por todo el mundo, sin importar raza, religión o credo. Conocía a la perfección la Torá escrita y me percaté como le fue dada a conocer a cada persona en su corazón mediante el espíritu. La enseñanza les llegó y eso garantizó el cumplimiento de toda acción necesaria para cumplir las leyes. Mi labor ha sido un eslabón para la restauración del reino, nunca me fueron revelados los tiempos, me han querido quebrar con azotes, cárcel e incluso fuí apedreado. Mi muerte está próxima y aún me acompaña su gran fuerza para ayudar a cosechar los frutos de tantas  personas iluminadas con su luz.  Aunque muera, mi vida será recordada y servirá de guía a futuras generaciones. Mi espíritu seguirá vivo y llegará el tiempo de resucitar como nuestro maestro. Por eso no temo a la muerte.

Hace algunos años llegué a Jerusalén a reunirme con Pedro y Jacobo, habian compilado todos los libros escritos de nuestra Torá. Todos sus dicípulos las debemos conocer a la perfección, decían. La ley debe ser cumplida al pie de la letra. En Jerusalén, en varias otras ciudades y pueblos e incluso en Antioquía, la mayoría de seguidores de Jesús eran Judíos cómo nosotros. Yo había vivido predicando a una gran mayoría de gentiles y no conocían la Torá. Los encontraba el espiritú y al recibirlo  les dictaba todas esas leyes. Las practicaban, aún sin estar circuncidados y sin conocer la Torá escrita.

Surgieron disputas de si se debía o no, obligar a esos seguidores a observar las prácticas y leyes Hebreas, por no ser Judios. Finalmente determinamos conservar las prohibiciones de comer sangre, la carne con sangre contenida, la carne de los animales muertos no adecuadamente y todo sobre la fornicación e idolatría.

La restauración del Reino había comenzado desde el principio, aseguraba Pablo: todos tenemos una misión para cumplir. El vivió para cumplirla. Se preparó, era un erudito de la Torá, cuyo nombre significa enseñanza, su legado escrito seguramente servirá para guiar a millones en el futuro. Pedro y miles de personas conocieron a Jesús y lo siguieron. Pablo no lo conoció en vida, pero El Que Es lo encontró. Lo guió para comprender como la vida de Jesús es el camino para encontrar la luz del espíritu de El Que Es. Nos llama a la acción, los escritos sagrados nos ofrecen el camino, pero la verdad es la luz. De nada sirve dominar la ley y conocer la Torá al pie de la letra sin el espiritu. A  Pablo lo encontró la luz y vivió el resto de su vida entregado a cumplir su misión, ese es su gran legado, su gran ejemplo.

Al final de mi visita Pablo me dijo: recibimos la luz del espíritu y salimos  a ser ejemplo de vida, construimos comunidades instaladas por todo el imperio. La capital del nuevo reino no es de éste mundo. Jesús nos mostró el camino para abrir nuestro corazón. Nuestro templo es nuestro cuerpo y así unidos por el espíritu, somos capaces de realizar prodigios y darlos a conocer por el mundo. Hemos sanado enfermos, algunos resucitaron muertos, cada uno cumplió su misión y, unidos con la luz, estamos cambiando el imperio, el mundo.

Un año después de su muerte, siendo Nerón el emperador,  Roma fue incendiada, y ese fue el mejor pretexto para acusar de su autoría a esos seguidores del tal Jesús, decía el temible emperador. Los líderes elegidos por Jesús fueron perseguidos y asesinados, convertidos en mártires para proteger la grandeza del imperio.

El ambiente entre los Judios era de rebeldía, el odio hacia los romanos crecía, nos querían controlar y permitían a los griegos abusos no tolerables. Finalmente se corrió la voz: Nuestro Procurador había tomado y malgastado nuestro dinero, eso causó terrible alboroto. Nos rebelamos contra el Imperio pasados tan solo dos años del devastador incendio, dando origen a una guerra terrible.  Apenas tres años más tarde culminó con la destrucción total del segundo templo y la de casi la totalidad de nuestra amada Jerusalén. Fuimos exiliados, asesinados o vendidos como esclavos, perdimos contacto con muchos de nuestros familiares. De nuevo debiamos comenzar fuera de casa. Los decendientes de Judá y los Israelitas qué aún recordabamos nuestros origenes nos dispersamos por el mundo de nuevo. La redencion sigue su marcha, la semilla debe llegar a todo ser humano de la tierra. 

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