Milán es ahora la capital del imperio romano. Hace unos días comencé a frecuentar al Obispo de esta ciudad. Hoy estamos reunidos y me recuerda como los años posteriores a la muerte de Saulo de Tarso fueron difíciles. Se expandía la palabra de Jesús y era bien acogida. Los creyentes comenzaban a vivir la fe, los guiaba el espíritu y eso enseñaban los primeros discípulos. Formaban comunidades por todo el imperio, se convertían, recibían el bautismo del espíritu. Vendían sus bienes y trabajaban bajo la tutela del espíritu por el bien de sus vecinos y del mundo entero.
Se apartaban de la vida social impuesta por el imperio. No se regían por los respetos humanos promovidos por los romanos y, por tanto, generaban problemas de ingobernabilidad en cada ciudad donde se formaban esas nuevas comunidades en todo nuestro vasto territorio imperial. Eso provocó persecución desde los orígenes de este gran cambio.
Preocupados nuestros primeros dirigentes por los múltiples ataques, pensaron encontrar la forma de unificar nuestras creencias para explicar nuestra fe y hacerla universal, católica. Apenas 100 años después de la muerte de Saulo ya las comunidades se encontraban divididas, las personas no lograban conectar con su ser interior y comenzaron a querer explicar y definir quien tenía la razón. Muchos de ellos al ser perseguidos por la autoridad, sintieron miedo y poco a poco se alejaron de las prácticas, para mantener conectado el espíritu. Creyeron necesario definir leyes humanas para garantizar la continuidad de la iglesia fundada por Cristo en Israel 150 años atrás.
En esos días Policarpo, Obispo en Esmirna y discípulo del Apóstol Juan, pidió al mejor de sus hijos en la fe, el joven Irineo, acudiese a Lyon, capital de la Galia Lugdunense. Llegaron noticias de una terrible persecución. Al llegar fue nombrado diácono y, después de calmar la situación, fue nombrado Obispo de esa Ciudad. Ya con ese cargo se presentó ante Eleuterio, Obispo de Roma, con la más piadosa y ortodoxa de las cartas, pidiéndole, para mantener unida y en paz a la iglesia, tratase con suavidad a los hermanos montanistas: es importante entender como esos hermanos parecían vivir “excesos carismáticos”, pero no sería correcto prohibir las manifestaciones del espíritu santo.
Con el tiempo surgieron otras manifestaciones: el Gnosticismo, del griego Gnosis, traducido como: conocimiento, la cual fue motivo de enojo y critica de Irineo, aunque se basaba en la experiencia personal, en la comunión del Individuo con lo divino, Irineo no estaba de acuerdo con algunos detalles significativos. Seguían las disputas por tratar de dar explicación y definir la verdad. En esencia, Irineo decía: el hombre es un ser in fieri, en construcción, se está haciendo. Llegará a ser perfecto hombre solo después de la resurrección o de la redención, cuando su carne halla adquirido la incorruptibilidad y la inmortalidad.
Irineo creía necesario tener un sistema teológico, una estructura de principios ordenados para no dar al individuo la oportunidad de desarrollar su interpretación personal, eso de dejar a Dios guiar desde el espíritu es muy arriesgado, decía. Es necesaria una Iglesia Única y Católica, universal. Basada en los fundamentos definidos por Saulo en sus epístolas. Varios de esos textos podían ser interpretados como dogmas. Para implementar la creación de dicha Iglesia, Irineo reconoció la necesidad de disponer de un canon definitivo, una lista fija de escrituras aceptadas oficialmente, eligiendo entre las obras a su disposición, incluyendo algunas y excluyendo otras.
Desde nuestros inicios cómo grupo, los cristianos, como sucede a los judíos, fuimos perseguidos. Tras la destrucción de Jerusalén, los romanos construyeron una ciudad sobre sus ruinas, la cual llamaron Aelia Capitalina. Esa afrenta provocó una última revuelta militar de terribles consecuencias. Judea desapareció, ahora se llamaba Siria Palestina. A los cristianos se nos consideraba peligrosos en este sistema imperial, donde el poder emana de todo lo material. Era imposible creer en un Dios sin ejércitos ni luchas, el cual resueltamente pide compartir con Amor todo entre los hombres. Desapego total a las cosas y al dinero. Los hombres y gobernantes ricos, obtenían sus beneficios de la guerra y de la esclavitud principalmente. Ellos no podían permitir a su gente seguir a semejante Dios. A los recién nombrados cristianos se les perseguía y dispersaba. Nadie comprendía el plan divino. De manera silenciosa, seguimos esparciendo la semilla de Abraham por todo el orbe.
Cansados de perseguirnos y viendo como nuestro movimiento comenzaba a tomar proporciones incontrolables. Hace casi 60 años, siendo emperador y Sumo Pontífice romano Constantino, publicó un edicto en ésta misma ciudad, en el cual se estableció la libertad de religión. Antes de ese pacto, millones de personas dentro del imperio eran perseguidas y, aún a pesar de eso, los cristianos seguíamos creciendo por todo el imperio.
Tras la firma del edicto, se construyó el primer templo cristiano, el cual fue ubicado junto a la casa, ahora un verdadero palacio, del Obispo de Roma. Eso dio inicio a la construcción de templos por todo el imperio, muy en especial las basílicas construidas en Siria Palestina.
Doce años más tarde, se reunieron varios obispos convocados por Osio de Córdoba y por el emperador, en la ciudad de Nicea. El objetivo era oficializar la Iglesia dogmática, tomando cómo base algunos de los escritos reunidos desde tiempo atrás por Irineo, aunado a otros escritos seleccionados, dando con esto formalidad al canon católico. Se buscaba la unidad de credo, defendiendo una verdad única, avalada por sus dirigentes.
Mis padres, como la mayoría de los romanos, comenzaron a practicar la religión cristiana, me comentaba el Obispo. Esperaban mi conversión cuando estuviera listo. Primero debía prepararme aprovechando mis talentos. Al morir mi padre, siendo muy joven, fui llevado por mi madre a Roma. Ella notó cómo fácilmente me relacionaba con otras personas. Siempre me ha gustado escuchar, eso me ayudó a decidir y prepararme en la carrera civil. Mis discursos gustaban, los apoyaba en el conocimiento adquirido de las leyes romanas. Comencé a destacar en lo político, comenzando en Sirmio, en la prefectura de Italia, de Ilírica y de África, y luego en Milán como consularis. Me dieron la responsabilidad de gobernar la provincia de Emilia-Liguria, me sentí muy honrado, era una posición muy privilegiada en ese momento. Me propuse dar mi mayor esfuerzo, tratando de destacar.
Estando en Milán me di cuenta de la terrible situación religiosa de la ciudad: el Obispo acababa de morir y querían elegir un sucesor. Me di cuenta de cómo fácilmente podía desatarse un grave desorden entre los grupos. Decidí, para mantener el orden, acudir a la iglesia donde se llevaba a cabo la elección.
Al llegar se gritaban fuertemente. Sin conocer a nadie, traté de tranquilizarlos, recordé algunas enseñanzas cristianas de mi madre, tomé la palabra y con mi pobre conocimiento logré atraer su atención. Al hablar sentía como si alguien hablase por mí, las palabras utilizadas no las recuerdo. Logré unificarlos y todos querían nombrarme el nuevo Obispo. Yo no quería aceptarlo, sólo ayudé a ponerlos de acuerdo. Conocía muy poco de la religión, no estaba preparado, me salí de la reunión y traté de esconderme, no me creía capaz de aceptar el puesto.
Algo me había tocado, mi corazón se había manifestado, había hablado por mí. Al final cedí ante la insistencia del pueblo, sentí cómo me apreciaban y esperaban pudiese unir a todos los fieles. Fue entonces cuando finalmente decidí recibir el bautismo y al poco tiempo, después de una ardua, pero rápida preparación personal, fui ordenado sacerdote y obispo.
Todo ocurrió con demasiada rapidez, mi vida cambió de un día para otro, fue como si el viejo Ambrosio hubiese muerto, dejé atrás todo por lo cual me había esforzado por años, mi éxito acumulado, mi gran riqueza, familia, amigos, fiestas y costumbres. Nada de eso volvería a vivir. No estaba preparado para el nuevo cargo, una fuerza, en ese entonces extraña, me inspiraba. En mi interior sentía una sabiduría inesperada. Continué estudiando y preparándome, con el apoyo del presbítero Simpliciano, me dediqué al estudio bíblico y teológico, comencé a profundizar en las Escrituras Hebreas y acudí a las fuentes más autorizadas de los escritores eclesiásticos, dejando a mi espíritu ser mi guía principal.
Encontré armonía en mi nuevo servicio, traté de entregarme completamente. Fui llamado al episcopado desde el tumulto de las disputas del foro y desde el temido poder de la administración pública. Sabía claramente de la insaciable búsqueda de poder de los emperadores, nobles y otros gobernantes. Mi capacidad de discernir me permitía ser líder fuerte y manso a la vez. Traté siempre de amonestar cuando era necesario e igualmente perdonar cuando me atacaban injustamente. Quería ser firme ante los evidentes errores de algunas personas, pero al mismo tiempo debía ser tolerante y paciente con ellos. Lo más difícil era ser exigente con las autoridades, principalmente con el emperador, tratando al mismo tiempo de ser respetuoso. He buscado mantener buena relación, sin alejarme de las necesidades de nuestro pueblo.
Traté de borrar la división entre nuestros hermanos cristianos. No se trata de dividir, se trata de unir. Algunos de ellos, en lugar de llamarse cristianos, decían se arrianos. Nuestro emperador, queriendo mantenernos divididos, se les acercó y les ofreció ceder una basílica. No es necesario, les dije: el templo es un lugar para reunirse y es de todos. No somos dueños, esos lugares nos facilitan el espacio para unirnos a celebrar, a escuchar la palabra de las escrituras. Todos podemos acudir e incluso organizar eventos como hermanos. Recuerden como Saulo aseguró: el verdadero templo está en cada uno de nosotros. Les insistí en no dar a nuestro emperador el gusto de vernos separados y luchando. Debemos mostrar como todos estamos unidos en el espíritu. Al finalizar pedí rezar juntos una oración por nuestro emperador. Recuerdo ese gran momento con mis palabras dichas ese día a mi hermana Marcelina: ¡Toda la gente experimentó entonces gran alegría! ¡Todo el pueblo aplaudió y mostró gratitud cómo nunca lo había hecho! .
Desde la perspectiva material humana, en nuestra sociedad es inminente reconstruir las relaciones morales y sociales. Deben llenar el actual vacío de valores. Es necesario encontrar la forma de ablandar los corazones de cada persona en todo el mundo. Existe una terrible desigualdad y atropellos, decía Ambrosio, unos pocos ricos abusan explotando para su bien las terribles situaciones de pobreza y carestía. Fingen ayudar por caridad y dan en préstamo con una gravosísima usura: La misma naturaleza es madre de todos los hombres y, por eso, todos somos hermanos, engendrados por una única y misma madre, unidos por el mismo vínculo de parentesco; Tú no das a los pobres de lo tuyo, sino les devuelves lo suyo; Algunos presumen caridad y dan su dinero a quién no tiene y al cobrar les exigen el doble, ¿puede haber algo más cruel? Como guía de este pueblo, debo trabajar para extirpar esos vicios e impulsar una caridad efectiva.
El problema requería salir de mi iglesia, se necesita lograr un saneamiento global de la sociedad. Todos los hombres debemos enterrar nuestras costumbres y amar a nuestros vecinos, a nuestros amigos, a nuestra familia. Para hacerlo debemos comenzar amándonos a nosotros mismos y antes debemos amar a nuestro creador, quien siempre nos ha amado.
Recuerdo aquel día cuando el praefectus Urbis Símaco pidió al emperador Valentiniano II volver a colocar en el Senado la estatua de la diosa Victoria. Estaba seguro con eso se salvaría la romanidad, regresando a símbolos y prácticas ya pasados y sin vida. Ambrosio objetó: la tradición romana, con sus antiguos valores de valentía, entrega y honradez, puede ser asumida y revitalizada precisamente con el fortalecimiento del espíritu, viviendo la fe. Siguiendo el ejemplo de Cristo, no el antiguo culto a Victoria. No se trata de seguir una imagen o de creer en un culto, la verdad debe vivirse. La gracia se ha derramado ahora entre los pueblos, con razón se ha preferido la verdad, decía el Obispo.
Mi intención no es de obligar a las personas a seguir mis creencias. Únicamente deben abrir su corazón, su entendimiento. De hacerlo, se van a encontrar a sí mismos, a escuchar ese ser interior. Si se deciden, comenzarán a vivir una nueva vida eternamente. El haber conocido la palabra dejada por Cristo en sus evangelios me facilitó ese encuentro a mí, pero estoy seguro existen otros caminos para llevar a ese encuentro con nuestro único creador. Lo importante es esa disposición: abrir el corazón para encontrarlo.
Los emperadores cristianos y sus ministros, han cometido graves intromisiones en la vida y en la doctrina de nuestra Iglesia. A veces apoyaron a los arrianos, otras a los niceanos, unos defendiendo la divinidad de Jesús, otros negándola, dichas disputas creaban graves inconvenientes y divisiones en la comunidad de los creyentes. Yo quise confirmar en muchas ocasiones lealtad al emperador, pero era necesario promover una relación más correcta entre la Iglesia y el Imperio, exigiendo en primer lugar una precisa autonomía. Era necesario contar con nuestros derechos de libertad y dividir claramente la participación del emperador y su séquito. Trato de favorecer el renacer de las antiguas libertades civiles, en la línea de la mejor tradición romana. Esto es nuevo, el camino será muy largo, cometeremos muchos errores tratando de equilibrar lo humano y lo divino.
Si recordamos las ricas imágenes del cantar de los cantares: en el amor de los dos esposos veo representada la mística de la unión esponsal con Dios. Debe ser preparada por la disciplina de una vida virtuosa y, al mismo tiempo, el compromiso moral del cristiano no es algo cerrado en sí mismo. Tiene como finalidad el encuentro místico con Dios. Es necesario un largo y arduo camino de practicas para la perfección moral, espiritual y la purificación personal. El verbo desciende del seno del padre y cumple su misión en etapas sucesivas, como los saltos de un ciervo, impulsado por el amor a la humanidad. Con la encarnación, el verbo toma el aspecto de siervo, es decir, la plenitud de la perfección humana y, asume en sí, en su carne, toda la humanidad, confiriéndole un privilegio negado incluso a los ángeles.
Para progresar de etapa en etapa, cada persona se debe orientar a ese encuentro con el esposo divino. El alma experimenta la plenitud del conocimiento y de la unión en el amor. Es entonces cuando la esposa del cantar, llevando al amado a su casa (cf. Ct 8, 2), «acoge al Verbo para que él le enseñe» y, subiendo apoyada en él (cf. Ct 8, 5), experimenta una intimidad total: Ella —comenta Ambrosio— o se recostaba en Cristo o se apoyaba en él o ciertamente, al estar hablando de bodas, había sido entregada ya a la diestra de Cristo y era llevada por el esposo al tálamo.
Si en la encarnación Cristo se unió a nosotros con vínculos de amor, en su pasión, sufrida por la redención del mundo, ese amor brilló en medio de los contrastes más profundos de humillación, exaltación del Crucificado; su ultraje borró los ultrajes de todos; las lágrimas derramadas en la cruz nos lavaron. La redención de Cristo es universal: En el Redentor de todos no entraba sólo un hombre, sino todo el mundo; él se humilló, para hacer posible tu exaltación; Cristo se hizo todo a todos; él es la plenitud y la amplitud; es el fin de la Ley; el fundamento de todas las cosas y la cabeza de su cuerpo místico, la fuente de la vida; su muerte es vida, su sepultura es vida, su resurrección es vida de todos. Él es la expiación universal, el rescate, el rey y mediador, el sol de justicia, luz, fuego, camino, alegría, el único en quien podemos gloriarnos a pesar de nuestros pecados; se hizo pobre por nosotros, humilde para enseñarnos la humildad, compañero nuestro; es bueno, más aún, es la bondad misma: Debe estar bien recibirlo en nuestra alma, en lo más íntimo de nuestra mente. Él es nuestro tesoro; nuestro camino; nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestro pastor y el buen pastor; él es nuestra vida. Contempla cuántos bienes se hallan encerrados en este único bien.
El día 4 de abril del año 397, Ambrosio de Milán concluía su laboriosa jornada terrena, consumada generosamente al servicio de la Iglesia. En los últimos días, como recuerda su secretario y biógrafo Paulino, había visto al Señor Jesús, venía a él y le sonreía (…). Y precisamente cuando nos dejó para volver al Señor, desde las cinco de la tarde hasta la hora de entregar su alma, oró con los brazos abiertos en forma de cruz. Era el alba del sábado santo. El obispo dejaba esta tierra para unirse a Cristo Señor, a quien había deseado y amado intensamente.
