En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios. El estaba en el principio con Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de El,
y sin él nada de lo hecho, fue hecho.
En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.
Juan 1.
Jerusalén, Jerusalén. Me encuentro participando de una reunión, es palpable el afecto entre personas. Emana de cada una, un destello de luz, siento alegría, paz, amor incondicional. La mayoría son de mediana edad, aunque puedo ver algunos niños y ancianos. Con mucho ánimo intercambiamos experiencias, sentimos cómo una extraña fuerza nos envuelve, parece como si fuésemos recién nacidos. Aunque grandes de edad, acabamos de iniciar nuestra vida. Cada uno narra como hace poco recibimos individualmente esa gran luz para iluminar y dar vida a nuestro ser interior. Simón está entre nosotros. Conoció y siguió a Jesús. Expresa gran sabiduría en cada palabra salida de su boca. Resuena el espíritu del maestro, nos habla al corazón de forma personal. Él y una gran muchedumbre, incluidos la mayoría de sus dicípulos, recibieron el espiritú como lenguas de fuego. La sala donde se encontraban brilló con fuerza, la tierra tembló.
Pedro estaba comentando y decía: no hace mucho Judea y principalmente Jerusalén fueron nuevamente sacudidos, vivíamos regulados por nuestros gobernantes, pero nadie comprendía las reglas. Sólo algunos las cumplían y aún las cumplen al pie de la letra. La mayoría no entiende su significado, lo único importante era no romperlas, las discusiones sobre su cumplimiento nos llevaban siempre a juzgarnos. Pasábamos la vida peleando sobre quién tenía la razón, la verdad.
Nuestro pueblo ha sido perseguido y esperábamos la llegada de un gran guerrero enviado por Dios a Salvarnos, apenas hace algunos años conseguimos nuestra libertad. Nos dimos a la tarea de reconstruir y engrandecer nuestro templo. Apenas terminamos, nos invadieron los Romanos convirtiendonos en súbditos, les pagamos tributo. Impusieron su gobierno dando autoridad a Herodes, quien terminó la reconstrucción y amplió de nuevo el templo devolviéndole su grandeza, permitiéndonos vivir con cierta libertad (eso dicen los Romanos).
Hace algunos años, un Profeta aseguraba en las orillas del Jordán: en poco tiempo llegará el enviado de Dios. Eso despertó gran esperanza entre la gente. Ese gran guerrero, estaba por llegar. Gobernaría con justicia y nuestros males desaparecerían, los reinos de Israel serían restaurados.
Una estrella apareció en el firmamento y se paró en Belén, lugar donde habría nacido el Rey David, eso indicaba el surgimiento de ese nuevo Rey poderoso. Muchos de nosotros esperabamos vivir nuestra liberación final.
Pedro nos explicaba: cuando conocí a Jesús, sin más, me invitó a seguirlo, me prometió hacerme pescador de hombres. Soy muy testarudo y no entendí nada, soy pescador de oficio, pescaba peces, no hombres. Con semejante propuesta, no entiendo cómo acepté. Sería quizas esa fuerza atractiva al andar cerca de él, me sentía seguro. Siempre tenía dudas, sólo le preguntaba y sus respuestas me daban confianza, seguridad al seguir sus indicaciones.
No era el guerrero esperado por mi pueblo. Pero era un luchador incansable, Todos sus seguidores quedamos deslumbrados, cada uno de nosotros nos sentimos únicos. Día con día me revelaba mis tareas, mi misión. Debía cumplir esos pequeños encargos. Era participe de un gran proyecto desconocido, él era mi guía, nada me faltaría, pensaba yo.
Lo ví predicar a humildes y ricos, se enfrentaba a los poderosos, incluso en varias ocasiones quisieron deshacerse de él. En el templo había corrido a los mercaderes, resucitó a un amigo, curó enfermos, volvió la vista a los ciegos, hizo caminar a los cojos y paralíticos, expulsó demonios, con unos cuantos panes y peces dimos de comer a miles y hasta hubo canastos llenos de sobras, su vida siempre fue ejemplar, toda su confianza estaba puesta en nuestro padre del cielo y al hablar sobre él, llenaba nuestros corazones de su amor.
Dios nos ama, decía, para gozar ese amor me pide amarlo sobre todas las cosas y a mi prójimo como a mi mismo. Cumpliendo esas dos sencillas reglas, se cumple con toda la ley impuesta en las escrituras. Él siempre me ha Amado. Si correspondo ese Amor me daré cuenta de su presencia en mí. No estoy solo, él está en mi corazón y domina toda la ley escrita por hombres. Cuando me surgen dudas sobre asuntos humanos, le consulto y me guía con la verdad. siempre estoy lleno de su amor, soy entonces capaz de amarme. Cuido mi cuerpo porque es su casa, ejercito mi espíritu para convivir con él y ser entonces capaz de cuidar éste mundo material y espiritual heredado para mejorarlo.
Nuestros líderes religiosos y políticos condenaron a muerte al maestro, no querían perder su poder. Cuando las autoridades romanas lo apresaron, nos sentimos abandonados, tuvimos miedo de ser castigados. Yo mismo, dice Simón, había prometido lealtad incondicional cuando Jesús me aseguró lo negaría, yo le dije: Eso no va a pasar. A pesar de mi promesa, cuando se llevaron preso a mi maestro, negué conocerlo, mucho menos ser su seguidor. Al contar esta parte de la historia, la cara de Pedro se ilumina intensamente y nos dice: faltaba concluir mi enseñanza. Jesús debía morir y yo y todos sus seguidores debiamos caer, darle la espalda. Incluso Judas, debía cumplir su misión, una gran tristeza lo invadió, cuando al terminar la cena, recibió la orden tajante del maestro: Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Debía traicionar a su maestro, esa era su misión. Salió malhumorado, lo vimos por última vez, cuando lo besó, cuando lo entregó.
Abandonamos a nuestro maestro, todo había concluido, con miedo, nos ocultamos. Resucitó pasados tres días, se transfiguró, se presentó a nosotros lleno de luz, sus enseñanzas eran cada vez más intensas, estabamos seguros: ¡ nada nos haría dudar !.
Transcurridos 40 días desde su resurrección, nos reunimos a comer con él. Se estaba despidiendo, parecía como si se fuese a ir para siempre, eso nos hizo dudar de nuevo, de acuerdo a nuestras creencias su misión no había concluido, sorprendidos le preguntamos: ¿restaurarás el reino de Israel en este tiempo?.
El reino de Israel seguía diciendo Simón, se dividió con Salomón, El Que Es por medio de los profetas, anunció la restauración de ambos reinos, el de Efraín, las 10 tribus perdidas del norte, y el de Judá, el cual rinde tributo a los romanos. Antes de irse el maestro, nos debía liberar y unir ambos pueblos, sellando una alianza eterna y perfecta con la humanidad entera. Eso daría cumplimiento a la profecía más grande de todas, Abraham será finalmente el padre de todas las familias del mundo, tendrá una descendencia tan numerosa, como las estrellas del cielo.
Habiendo transcurrido más de tres años de caminar al lado de Jesús, siendo testigo de su resurrección, de su perfección física y espiritual, habiendolo visto ascender al cielo. Con toda esa enseñanza, comenta de nuevo Simón, sentí miedo, abandonado, sólo, abrumado, no me creía capaz de trasmitir sus enseñanzas. Me encerré junto con los demás, nos faltaba la fé.
A los pocos días nos llegó una extraña fuerza interior, un fuego, esa luz prometida por Jesús. Me sentí capaz de hacer cualquier cosa, me invadió una certeza inusual, podía curar enfermos, mi cuerpo se transformó, sentí la presencia interior del espiritú, él hacía todo posible y eso pasó a todos nosotros, sus dicípulos, nada ni nadie nos podría detener, estábamos listos y conocíamos nuestra misión, somos uno y perfectos con El Que Es.

