Cada mañana, don Anselmo subía a la azotea con una taza de café y una libreta vacía. Decía que esperaba a que el viento le dictara algo. Los vecinos se reían; en cuarenta años nadie lo había visto escribir una sola línea.
Una mañana de octubre sopló un aire distinto, tibio y con olor a guayaba. Don Anselmo abrió la libreta, tomó el lápiz y escribió sin detenerse hasta que el café se enfrió. Cuando bajó, dejó la libreta sobre la mesa de la cocina y se fue a dormir la siesta.
Su nieta la encontró horas después. En todas las páginas, con letra pequeña y cuidadosa, había escrito los nombres de cada persona que alguna vez lo había hecho reír. El último era el de ella.

